“En las riberas del famoso Henares, que al vuestro dorado Tajo, hermosísimas
pastoras, da siempre fresco y agradable tributo, fui yo nascida y criada, y no
en tan baja fortuna que me tuviese por la peor de mi aldea.”
Primer Libro de Galatea.
Como Galatea, y quizá en un guiño biográfico del magistral
autor, vio la luz en un lugar de Alcalá, Miguel de Cervantes. Así,
la gran Compluto quedó para siempre unida al nombre más ilustre
de las letras castellanas, aquel con el que el idioma que une a más de
cuatrocientos millones de personas, alcanzó la madurez. Sí, y
fue aquí, en esta misma ciudad, dónde su padre el cirujano sangrador
Rodrigo de Cervantes, lo llevó a bautizar en la parroquia de Santa María,
un domingo de octubre de 1547.
No cuesta imaginar una festiva y soleada mañana complutense, en pleno
veranillo de San Miguel, un día 9 de octubre de esos en los que el calor
del Sol todavía hace que los alcalaínos dejen sus casas y salgan
a pasear por la Calle Mayor, una mañana en que en palabras de Francisco
Navarro y Ledesma “...por entre el bullicio y estruendo del domingo un
hombre joven, pero avejentado, caminaba llevando en brazos abrigada con la capa,
una criatura recién nacida. Era el cirujano Rodrigo de Cervantes, a quien
acompañaba su amigo Juan Pardo. Marchaba derecho, con ese aire retador
que tienen los muy sordos”.
Así empezó todo, seguramente con un paseo por la Calle Mayor en
brazos de su padre, un recién nacido llamado Miguel tuvo su primer contacto
con Alcalá de Henares. Aquel paseo terminó en la Parroquia de
Santa María, dónde el infante que tendría por nombre Miguel,
quizá por haber nacido el 29 de septiembre, recibió las aguas
del bautismo. De este modo quedó consignado en el libro de bautismos
de la citada parroquia que hoy se conserva, como el bien más preciado
de la ciudad, en el consistorio complutense. Un clérigo, que ha pasado
a la historia no por sus muchas letras, si no por escribir aquellas que demuestran
el origen complutense del autor del Quijote, nos dejó escrito lo siguiente:
“En domingo, nueve días del mes de octubre de mil e quinientos
e cuarenta e siete años, fue bautizado Miguel, hijo de rodrigo de Cervantes
e su mujer doña Leonor; fueron sus compadres Juan Pardo; baptizole el
Reverendo Señor Bachiller Serrano Cura de nuestra Señora, testigos
Baltasar Vázquez, Sacristán e yo que lo bapticé y firmé
de mi nombre. Bachiller Serrano”.
Fue complutense Miguel, como su padre Rodrigo que declara serlo en 1552 para
salir de la cárcel en Valladolid. También naturales de Alcalá,
tal como se lee en el mismo libro de bautismos, fueron sus hermanas Andrea y
Luisa bautizadas en Alcalá en noviembre de 1544 y agosto de 1546, por
último Rodrigo, el soldado, también recibió las aguas del
cristianismo en la ciudad en 1550.
Nobleza obliga y por eso nuestro paseo por un lugar de Alcalá, o por
muchos lugares de Alcalá, tras las huellas de Cervantes, comienza por
la antigua parroquia de Santa María, hoy conocida como Capilla del Oidor.
La iglesia dónde recibieron bautismo los Cervantes sufrió, como
tantas iglesias de Alcalá, la ira de los hombres, desapareciendo casi
en su totalidad pasto de las llamas en la contienda civil que asoló nuestro
país en el siglo XX. El edificio, muy dañado por el fuego, se
consideró irrecuperable y solo quedaron en pie los restos del ábside,
la solitaria torre que se ha convertido en un símbolo de la ciudad y
las capillas laterales, que se llamaban del Oidor, de san Juan de los Caballeros
y del Cristo de la Luz. Estas capillas perfectamente restauradas se han convertido
en una magnífica sala de exposiciones, y en una de ellas, concretamente
en la del Oidor, tras cruzar bajo un hermosísimo arco de yesería
mudéjar podemos ver una pila bautismal.
No nos llamemos a engaño, la pila que observamos, y a la que daremos
la vuelta completa, no es aquella en la que el Bachiller Serrano acristianara
a nuestro Miguel. La original se perdió fruto del saqueo y de la inquina
de los hombres tras la citada contienda y hubo de ser restaurada, no hace demasiados
años, como homenaje de la ciudad a Cervantes; pero eso sí, para
satisfacción de todos, mitómanos al fin y al cabo, se insertaron
en la nueva pila algunos pedazos de la antigua, pedazos que buscaremos mientras
damos una o dos vueltas más a la pila de piedra como si de un extraño
ritual se tratara.
Continuaremos nuestro paseo tras las huellas de Cervantes atravesando la plaza
del insigne cervantista Rodríguez Marín, dejaremos a la derecha
la torre de Santa María y giraremos a nuestra izquierda, el gran volumen
barroco del Colegio de Málaga nos sobrecogerá, pero no se encaminan
a el nuestros pasos, si no hacia la calle Trinidad, dónde veremos, elevándose
sobre un podio como si quisiera asomarse a la Plaza de Cervantes, el Colegio
Convento de los Trinitarios Descalzos Redentores de Cautivos. El colegio, fundado
en 1601, esconde tras su austera fachada con curiosos aletones, una estupenda
iglesia convertida hoy en biblioteca. Quizá sin los trinitarios no hubiéramos
tenido Quijote. Fue un trinitario, Fray Juan Gil, el que rescató a Cervantes
de su cautiverio en Argel en 1580 justo cuando iba a ser embarcado, en un viaje
sin retorno, con destino a Constantinopla. Sirvan estas líneas de homenaje
a Fray Juan Gil, cuyo servicio a la literatura y a la humanidad no han sido
nunca suficientemente agradecidos.
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