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Una parte muy importante del museo es la sala dedicada a la recreación del funeral de la clausura. En ella se intenta evocar, lo más fielmente posible, el mundo de este tipo de ceremonias a lo largo del siglo XVII español. En la estancia se ha colocado, sobre un túmulo, un magnifico catafalco o manto funerario, realizado con hilo de oro y plata, sedas y terciopelo negro. Además, podemos contemplar un bello Cristo crucificado del siglo XVII. Aunque quizá uno de los elementos más importantes de la sala sea la recuperación de la antigua puerta que unía estos lugares con el vecino Palacio Arzobispal.
Al final del corredor, casi como introduciéndonos en lo más íntimo de la clausura, llegamos a la cocina y a la celda. La primera, castellana y popular, con su chimenea de lumbre alta y los cacharros y enseres que, desde el siglo XVII, han dado vida a este tipo de estancias. La segunda, homenaje a todas las mujeres que hasta nuestros días han vivido, con orgullo y también con dificultades, en esta clausura cisterciense. Los sencillos muebles y objetos, originales de los siglos XVII, XVIII y XIX, dan a la habitación el necesario aire de austeridad: un arca de madera, un calientacamas, hábitos, libros de rezo, la cama o catre, el orinal, la esterilla… y la ventana entornada jugando sinuosamente con la luz, que se cuela a duras penas por una ligera abertura.
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