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La Ciudad Universitaria

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Fachada de la Universidad

"Alcalá se convirtió para Salamanca en lo que Cambridge para Oxford; y Francisco I de Francia, que cuando estuvo prisionero, pasó aquí tres días de continua fiesta siendo recibido por 11.000 estudiantes, remarcó que "un monje español había hecho lo que solo un linaje de reyes franceses habría podido conseguir".

Richard Ford. Hand-Book for Travellers in Spain. 1831

La proyección, construcción y desarrollo universitario de Alcalá de Henares presenta unos caracteres muy diferenciados con respecto a los tratados y a la particularidad de otras ciudades universitarias. La fundación de la universidad del Cardenal Cisneros en los albores del Renacimiento -dos siglos después de las más afamadas de Castilla-, la elección como sede de una ciudad que contaba con unos grandes espacios libres en su interior, y el ambicioso programa que inspiró a su fundador, hicieron posible establecer desde un principio un modelo urbanístico adecuado a las necesidades universitarias, sin precedentes hasta entonces.

Se trató, pues, de compensar, con la intervención decidida de Cisneros y el esfuerzo de numerosos colaboradores, lo que el tiempo y las continuas reformas habían prefigurado en otros conjuntos universitarios, destacándose de los mismos por sus dimensiones inusuales y el alcance de lo proyectado.

En el espacio cronológico que abarca desde 1499 a 1513, se construyeron en el nuevo recinto el Colegio Mayor de San Ildefonso y siete colegios menores, ampliables a dieciocho según los deseos del Cardenal, además de un hospital universitario, y un gran número de viviendas, con capacidad para albergar a varios miles de estudiantes. Eso sin considerar los edificios y terrenos destinados a la instalación de las órdenes religiosas, que estuvieron dispuestas a someterse a la autoridad del Rector dentro del ámbito de la Universidad.

Para llevar a buen término su magna empresa universitaria, el Cardenal Cisneros procedió a la compra o permuta de propiedades, sobre todo, en aquellos casos que resultaban imprescindibles para la construcción de un edificio o el trazado de una calle nueva, o simplemente para aumentar el patrimonio inmobiliario del Colegio Mayor o de otros edificios fundados por él mismo, contribuyendo así a aumentar sus rentas. Además, compró juros a la Corona por un montante aproximado de 16 millones de maravedíes, y adquirió numerosos censos sobre ciertos inmuebles de la villa.

La concepción de una operación inmobiliaria de tal envergadura, insospechada en la España de su tiempo, respondió a unos fines claramente determinados: en primer lugar, hacerse con la propiedad de todos los terrenos y propiedades disponibles en el segmento este de la ciudad; y secundariamente, contar con ciertas viviendas habituales, hasta que se concluyera el vasto programa edilicio pensado para el conjunto. A ello responde el hecho de que las primeras viviendas que el Colegio Mayor subastó para darlas a censo no estuvieran en el ámbito de la Universidad, aunque sí muy próximas a ella.

Constituyen la base del trazado de la Ciudad Universitaria Cisneriana la prolongación de las dos calles radiales que desde el centro de la villa medieval se dirigen hacia el oriente: la calle Mayor y su prolongación con la de los Libreros, hacia la puerta de los Mártires o de Guadalajara; y la de los Escritorios, con continuación en la de Roma, hacia la puerta de los Aguadores. Ambas adquieren mayor anchura a su paso por el ámbito de la Universidad.

De ahí que la Ciudad Cisneriana y, posteriormente las reformas efectuadas en su interior en tiempo de los Austrias, permanezcan dentro del sentido de la ciudad medieval, ya que las calles Mayor y Escritorios, con sus prolongaciones de las de Libreros y Roma respectivamente, las embuten dentro de ella, aunque sin llegar a formar parte sustancial de la misma. Se establece, por tanto, una correcta relación entre ambos sectores, sin que el nuevo conjunto universitario pierda su independencia respecto al resto de la población.

En la prolongación de esas amplias vías, y en los espacios comprendidos entre ellas y la cerca, se instalaron los nuevos edificios docentes, civiles, religiosos, y las viviendas escolares, construidas en las calles transversales trazadas en ángulo recto, conforme al plan previsto. Por tanto, las calles no están ya dirigidas hacia un punto concreto, como en la ciudad medieval, sino que, parten de una arteria principal para dirigirse a otra o concluir en una secundaria, sometiendo su trazado a lo proyectado. Así vemos como las dieciocho manzanas o "yslas" en que se dividía la ciudad universitaria se dispusieron en amplios rectángulos, a los que fue adaptándose progresivamente el caserío.

Así, ya desde los inicios de la Edad Moderna, fue erigiéndose en el seno de la villa un magnífico conjunto de edificios, tanto seglares como religiosos digno de envidia para muchas de las ciudades castellanas: contaba la arquitectura urbana de Alcalá con cincuenta y dos cúpulas, una espléndida muralla con sus diversos torreones, varias parroquias, Colegio Mayor de San Ildefonso, más de veinte colegios de religiosos y otros tantos colegios de seglares, siete colegios menores fundados por Cisneros, hospitales y ocho conventos de religiosas.

El Cardenal Cisneros aumento el número de servicios en la ciudad en proporción con las necesidades crecientes de la Universidad. A tal efecto, además de los realizados en la villa, mandó construir un horno para el servicio exclusivo de la Universidad, y se hizo con la posesión del molino Borgoñón, en la rivera del río Henares.

A lo largo de los siglos XVI y XVII se produce un gran crecimiento de la Universidad de Alcalá. Esto provocó el desarrollo de ciertas actividades vinculadas, de un modo directo, a las necesidades de la vida universitaria. Una modesta, pero floreciente industria tipográfica, y el consiguiente mercado de libros, y sobre todo, el extraordinario auge de la actividad constructiva, incrementada con el gran número de edificios alzados en este período, completaron, y en algunos casos suplieron, la función comercial que hasta entonces había prevalecido en el conjunto de actividades de la ciudad, que en aquella época comienza a manifestar los primeros rasgos de una inminente crisis.

Así, las bases fundamentales del desarrollo urbanístico estaban fijadas. Los factores necesarios para una correcta puesta en escena comenzaban a manifestarse por la propia dinámica del proceso. La ciudad, por tanto, estaba en condiciones óptimas para afianzar su desarrollo y completar el carácter universitario que la caracteriza: en el corto espacio cronológico de un siglo, su solar fue llenándose de instituciones, edificios culturales y religiosos que, magníficamente situados y relacionados entre sí por calles, plazas y plazuelas, dieron origen a uno de los más afortunados y originales conjuntos urbanos de la España de los Austrias.

La labor urbanística desarrollada por las autoridades de la villa habría que considerarla de una importancia similar a la realizada por la Universidad. A ellas correspondió la financiación, ejecución, conservación y control de las obras públicas y servicios de la ciudad y alrededores, así como la remodelación urbanística de las zonas y barrios anejos al conjunto universitario; acciones que ejercieron decididamente como un derecho inmanente a su poder ciudadano, aunque en algunos casos chocaran frontalmente con los intereses y privilegios de la Universidad. Aún a pesar de estas controversias y polémicas, ambas instituciones no renunciarían a sus derechos sobre el suelo urbano de Alcalá, prosiguiendo con su labor urbanística y constructora que, en conjunto, hizo de la ciudad el más coherente y completo ejemplo de composición urbana y estilo arquitectónico de los reinados de Felipe III y Felipe IV.

El Concejo Complutense, como tal institución, contaba con todo un entramado legal que le permitía actuar de una manera segura y eficaz sobre materias referentes a la planificación y ornato de la ciudad. La autoridad encargada de efectuar tales acciones era el corregidor, al que las leyes concedían las licencias y privilegios necesarios, en consideración a la conveniencia de que los edificios fuesen hermosos y robustos.

En el caso de Alcalá, como villa dependiente de los arzobispos de Toledo, esta normativa general se complementaba con unas ordenanzas referentes a los oficios de la construcción, donde, además de estipularse los reglamentos por los que se regían los respectivos gremios, se establecía el nombramiento de veedores y alarifes. Investidos de la autoridad que les confería el cargo, fueron los técnicos encargados de asesorar al corregidor en sus cometidos urbanísticos, y de llevar a cabo la mayor parte de las obras financiadas por el municipio, tanto en sus aspectos proyectados como en los de control.

También correspondió a la ciudad la conservación, modificación y nuevo trazado de las calles de la villa, a excepción de aquellas que quedaban dentro del ámbito de la Universidad, sobre las que ejercía pleno dominio jurisdiccional el Colegio Mayor de San Ildefonso.

Esta dualidad de jurisdicciones se haría patente en la actuación conjunta sobre la calle Mayor y su prolongación en la de Libreros. Sobre la primera de éstas, fue el Consejo el encargado de las obras de reformas pertinentes; por lo que a la segunda respecta, incluida dentro de las pertenencias de la Universidad, tal responsabilidad correría a cargo del Colegio Mayor. Durante todo el siglo XVI los Arzobispos de Toledo, por medio de sus corregidores, se ocuparon de completar la acción urbanística de Cisneros en esta importante vía de comunicación, como un medio, de reforzar los derechos del concejo frente a los intereses de Colegio.

En este sentido, sería sumamente importante la acción urbanizadora realizada por el Cardenal Fonseca, quien continuó la sustitución de los postes de madera, de la calle Mayor, por otros de piedra, tal como había ordenado Cisneros. Esta labor sería continuada por su sucesor en la Mitra Toledana, el Cardenal Tavera, en cuyo episcopado se terminaron de sustituir dichos pilares, y se procedió al enlosado y empedrado de la calle y sus adarves. En 1534 se remataron estas obras por el cantero Juan de Gotilla.

Todas estas obras, si atendemos a las descripciones dadas por el viajero Gaspar Barreiros a su paso por la villa, dieron un aspecto de magnificencia al solar complutense. Sin embargo, todas las remodelaciones efectuadas en la calle Mayor durante el siglo XVI se fueron deteriorando con el paso del tiempo, por lo que sería necesario volver a acondicionarla en los siglos posteriores.

Debido al importante tráfico mercantil desarrollado en la ciudad, pronto alcanzaría importancia la Plaza del Mercado, denominada por el Fuero de 1135 como el Coso. Periférica en su origen, la plaza del Mercado se había convertido, con el desarrollo hacia el este de la ciudad y el auge de la vida universitaria, en el centro urbano más importante de la villa complutense. Como elemento urbano de relación entre el Municipio y la Universidad, su control y dominio constituía el contencioso legal más importante de los que enfrentaban a las dos jurisdicciones más significativas de la villa. Utilizada como mercado semanal, sirvió al mismo tiempo de escenario para numerosas fiestas y espectáculos, tanto profanos -encabezados por las típicas corridas de toros- como religiosos.

Dos singularidades presenta la Plaza del Mercado. La primera será su forma alargada, necesaria para poder realizar la importante feria de ganado que tenía la ciudad desde la época de Alfonso X, celebrada entorno al día de San Bartolomé.

La segunda es la carencia de soportales en las fachadas de los edificios situados en el lado este, perteneciente a la universidad. Esta peculiaridad se origina con la prolongación de la calle Mayor por ambos lados, lo cual resalta la importancia de esta vía en la configuración de la Plaza del Mercado y del núcleo urbano alcalaíno.

No sólo fue la plaza del Mercado la que experimentó modificaciones notables a lo largo de este período. La construcción de conventos y colegios religiosos en el discurso de la villa modificaron sustancialmente, si no la disposición del caserío medieval y del trazado cisneriano, sí la fisonomía misma de la ciudad, especialmente a partir de las primeras décadas del siglo XVII.

Los espacios más conseguidos en este sentido son los correspondientes a las plazas de la Merced, de la Victoria, y de San Juan de Dios, cristalizados en torno a varios edificios conventuales. Tampoco se puede olvidar los ambientes íntimos y recoletos originados por los emplazamientos de un solo edificio, como en el caso del Oratorio de los Filipenses, el monasterio de San Bernardo, la Carmelitas de Afuera o el convento de las Magdalenas. Por sus especiales características, los recursos utilizados en la creación de estos ambientes urbanos individualizan de un modo evidente su trazado, siendo imposible establecer una normativa general para todos ellos. Así, mientras la plaza de la Victoria presenta un trazado relativamente regular, con unas dimensiones casi rectangulares, producidas por el desplazamiento del convento de los Mínimos de Santa Ana respecto a las calles de la Victoria y el Postigo, la plaza de la Merced nos muestra un alineamiento irregular, de forma ligeramente triangular, originado por el ensanchamiento de la calle del Empecinado y por los quiebros de los conventos de las Dominicas de Santa Catalina de Siena y de Mercedarios Descalzos.

Mucho más compleja resulta la compartimentación espacial de la plaza de San Juan de Dios, situada en la confluencia de dos calles paralelas sobre una transversal recta, con unas perspectivas cambiantes que obedecen a los quiebros y movimientos de fachadas del hospital de San Juan de Dios y del convento de Franciscanas de Santa Clara.

De todas estas plazas, la que demuestra mayor acierto urbanístico en sus planteamientos es, sin la menor duda, la Plaza de las Bernardas. Emplazada en el extremo occidental de la calle de Santiago, su construcción constituye la última gran reforma urbanística, ya que para construir el monasterio Cisterciense San Bernardo se tuvieron que demoler varias viviendas compradas expresamente por su fundador.

Será a partir de la segunda mitad del siglo XVII, y en concreto desde los últimos años del mismo, cuando el modelo ciudadano que se había mantenido en vigor durante casi dos siglos, entre en un período de profunda crisis, al no poder adaptarse a las necesidades de las instituciones que lo habían mantenido y, en general, a las impuestas por el normal desarrollo de los tiempos.

Desde una perspectiva urbanística a lo largo del siglo XVIII encontramos generalmente una gran ausencia de construcciones de importancia en el ámbito de la ciudad, incluido su recinto universitario, y la inalterabilidad del parcelario urbano, en acentuado contraste con la política urbanística seguida en épocas anteriores.

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